Una Historia Mágica rescatada del Olvido


Esta historia la escuché contar no hace mucho. Aunque ahora mismo, y por más que lo intento, no soy capaz de recordar de quién, aún consigo retener el eco, e incluso el momento en que aquella voz fue a confesarme que también la había oído narrar a alguien que posiblemente la habría escuchado de otra voz.

Con tantas idas y venidas, es posible que la historia original haya cambiado su semblante, su trama, aunque no obstante soy capaz de recordarla con pelos y señales.


Érase una vez que se era, en el selvático país de Pirene, cuando apenas se había cumplido el reglamentario período de duelo por la pérdida del soberano, que sus tres hijos se reunieron en consejo en un lugar con presencia lacustre, zona de pastos frondosos para todo tipo de ganado, que es donde habitualmente -y según las leyes de su pueblo- acostumbraban a sellar los pactos. Y allí acudieron los tres para conocer, in situ, los designios del pater. Uno de ellos leyó en voz alta lo que escrito estaba:


-Hágase mi deseo, y de acuerdo a nuestras leyes, de ordenar así mi herencia. De mis 17 caballos, quiero que la mitad de ellos sean para el primogénito; una tercera parte del total para mi segundo hijo; y una parte novena para el benjamín de la casa. Una vez repartido convenientemente este ganado, podréis conocer, en otros documentos, cómo repartir el resto de mi hacienda.

Los tres hermanos estuvieron cavilando largo rato, tratando de hallar una solución que no pasara por el sacrificio de alguno de aquellos animales que estaban pastando delante mismo, y a fin de que la heredad se llevara a cabo según los estrictos términos que rezaba el manuscrito.

Al no hallar solución propicia, decidieron pasar la noche en vela, junto al lago; en caso de que durante la noche de luna llena no acertaran a resolver satisfactoriamente el enigma, al día siguiente acudirían a implorar compasión al tótem que su pueblo veneraba.

Pero a pesar de que la luna resultó de lo más propicia durante la noche toda, no fueron capaces de avistar, en sus ensoñaciones, la solución que perseguían, y que perseguían ansiadamente.


A la mañana siguiente agruparon sus caballos con la intención de llevarlos de vuelta a la aldea. Justo a la hora en que se decidían a partir, vieron acercarse por la senda que serpenteaba la ladera del lago, a un extrañopersonaje, a lomos de una acémila; decidieron esperarle con el ánimo de que pudiera hacer el camino en su compañía.

Después de las presentaciones de rigor, siguieron conversando. Uno de los temas que les entretuvo fue el del enigmático reparto de caballos, a fin de ver cumplidos los designios soberanos de su difunto padre.

Sin hacer ostentación de sus hechizos, les explicó que no podía proponerles solución alguna, aunque posiblemente sí ayudarles a encontrarla, a fin de que el reparto se pudiera llevar en los términos establecidos. Ocurrió durante una parada para el obligado descanso reparador, y justo después de la comida:


-¿Y cómo es eso? ¿Acaso tienes poderes adivinatorios?
-¡Oh, no! Pero sí dispongo de mi caballo. Podría prestároslo, y con él sumarían 18.
-Pero eso no puede ser, porque nuestro documento dice que sólo debemos repartir los 17 de nuestra herencia.
-¡Hacedlo pues!
-Pero de esa manera también estaría el tuyo con los nuestros, y eso no es posible, porque tú saldrías perdiendo. ¡Deberíamos encontrar una solución en la que nosotros tres obtuviéramos ganancia, aunque sin perjudicar a nadie.
-En verdad que encuentro interesantes vuestros argumentos, y los respeto... sin bien reitero: ¿por qué no probáis a repartir ahora mismo vuestra herencia?


A pesar de las reticencias del primogénito -ya que según la costumbre de los suyos, cuando alguien recibe algo, debe corresponder a la generosidad dando como mínimo tanto como ha recibido-, procedieron al reparto de los 18 animales. El primero tomó para sí 9 animales, justo la mitad. Al segundo le adjudicaron la tercera parte de la yeguada, esto es, 6. Y al benjamín 2, la parte novena consignada. Uno de ellos hizo la cuenta, y comprobó que los caballos del reparto tan sólo sumaban 17.
-Sí, justo los que tenemos ahora -añadió el más joven de los tres, sonriendo.

Porque el caballo número 18, ¿dónde se encontraba pues? Fue entonces cuando uno de ellos acertó a levantar su mirada, y vio que por el camino de la ladera se iba alejando el misterioso adivino, montado a lomos de su alazán.


-¡Gracias, zahorí! -atrevió a clamar el primogénito.

-¿Por qué me dais las gracias? -gritando desde la lejanía cercana de la montaña.
-Porque nos has aportado una solución a nuestro enigma.
-¡No, qué va! Sólo os he animado a que la encontrarais; en realidad estaba en vosotros, aunque no atisbarais a reconocerla.
-Sí, puede que haya algo de razón en eso que dices, pero el caso es que todos hemos salido ganando en el reparto, salvo tú; es por ello que deberemos recompensarte algún día.
-¡No será necesario! -les contestó-. También yo he ganado. No sólo me habéis agasajado con vuestra comida, sino con vuestra compañía. ¡Id en paz!

Y al poco, cuando la senda comenzó a ocultarse en lontananza, desapareció de su vista. Tal vez le estuvieran esperando otras gentes, en otros lugares y para otros pactos. O tal vez no, porque tampoco se debía sentir imprescindible para nadie... salvo para sí mismo.


-A propósito.
-Dime.
-Por más que lo intento, no acierto a encontrar, ahora mismo un significado a esta historia -añade mi interlocutor-, aunque imagino que algo tendrá que ver con la orientación educativa, ¿no?
-¿Crees que va por ahí la cosa? -le pregunto.
-No sé. Se me antoja cual fábula, aunque prescinda de su enseñanza final.
-¿Estás seguro de ello?
-Estoy seguro de mi duda -añade.
-En ese supuesto caso -le digo-, cada cual podría encontrar la moraleja que mejor se acomodara a su modo de pensar.
¿No crees?
-Tal vez. Aunque puede que sea mejor que la duda no acabe de disiparse totalmente.
-¿Hablas en serio?
-Por supuesto. Se dice que la duda y el misterio debe ir indisolublemente unida a los enigmas, y éstos a fin de cuentas son los que nos mantienen en vilo... y nos cautivan.
-Pues en ese caso... -dejo que sea él quien vaya concluyendo-...
-... prefiero seguir atrapado en el enigma de esa historia rescatada del olvido.


Texto: Viento Norte.
Fotografía: Quino Villa.